Durante los veranos de finales del XIX los habitantes de Valencia salían de la ciudad para aliviar el calor, con el consecuente perjuicio para los distintos comercios. Así en 1871 nace la Feria de Julio o Fira de Valencia bajo el auspicio del Ayuntamiento de la ciudad y articulando las corrientes mercantiles de los comerciantes y feriantes. En el Paseo de la Alameda se celebran distintos actos sociales con verbenas musicales, quioscos de panojas y bebidas, puestos de flores de la fértil huerta valenciana... Había que potenciar los veranos y las noches en la ciudad, y para ello se tenía que crear un ambiente en la calle donde los autóctonos y visitantes estuvieran saboreando de los encantos de la ciudad y de la luna de Valencia a orillas del río Túria.
La fiesta marca el estilo de la ciudad, El Paseo de la Alameda se engalana con luces, música y color, donde se instalan pabellones en los que todas las entidades e instituciones, empezando por el Ayuntamiento de la ciudad, celebran verbenas con orquestinas. Los valencianos y visitantes con sus mejores galas, mantones de Manila y abanicos ellas, bombines y frac ellos, abarrotaban el Paseo. La horchata valenciana, las panojas, las gaseosas, las palomitas de maíz para los más jóvenes marcaba la moda y los gustos de entonces.

Durante los veranos valencianos, antes del nacimiento de la Feria de Julio se celebran en la Plaza de toros espectaculares corridas de toros. Donde se dan cita los cuernos mejor empitonados y los mejores espadas del momento. No hay que olvidar que Valencia es cuna de figuras de la nueva Tauromaquia que ya cruzaron el Atlántico, en las tardes del verano eran los acontecimientos más importantes, a los que acudían personas de otras ciudades españolas.

Otro de los alicientes de los veranos era desplazarse a la Malvarrosa a las Playas a remojarse y a merendar a orillas del Mediterráneo, junto a algún merendero de la época que con el paso del tiempo se ha convertido en restaurante e incluso en hotel. Los sitios de veraneo de moda eran Alboraya, Pinedo, El Saler, la Albufera y un largo perímetro hoy convertido en ciudad.

Javier Serrano